
Para Martín, el mar
era a cada momento novedad. A los veintiún años, este primer encuentro con la
playa lo alelaba, aunque el calor y ese sudor pegajoso no lo dejan dormir. El
entorno en sí mismo era de fantasía. Las chozas, las gaviotas hambrientas, los
hombres y mujeres de piel de ébano, el caserío y el horizonte en el siempre
misterioso mar, el bravo mar,
Un
viejo tronco, tamañudo, traído por las olas, se quedó en la playa cuñado por
otros pedazos de madera y por la arena; el agua venía hasta él con poca fuerza,
alcanzando sólo a mantenerlo húmedo. Aquello era una caricia del mar al tronco,
ambos antiguos; así tal vez se comunicaban, se decían historias muy de agua muy
de tronco. A lo lejos se veían algunos ranchos que bordeaban la playa, las
palmas cargadas de cocos y las gentes de por allí y por acá. Un poco más allá,
las palmeras que la brisa de la tarde movía tierna, amorosamente; a muy pocos
metros, los turistas gozaban bajo sus cubresoles. Los nativos venían a
invitarlos a dar un paseo en bote, y las mujeres caminando de un extremo a otro
de la playa, ofrecían frutas y agua dulce. Ahí mismo dos negras tenían una
butaca y, sobre cuatro palos que enterraban en la arena, una tela que daba
sombra. Las mujeres que turistiaban iban hasta ellas para que les hicieran el
peinado de las trencillas; así volvían felices a Medellín, mostrando sus
cuerpos bronceados por el sol y las trenzas que eran la constancia de que de
verdad habían estado en la costa.
Embelesado
como estaba y sin afanes, dejo su morral junto al tronco, fue hasta una palma a
pocos metros, y de los varios cocos que había regados en el piso cogió uno, le
quitó la vestimenta y lo metió en una bolsa plástica, que anudó; apoyó el atado
sobre el tronco, sostenido por la mano izquierda: respiró profundo y sin
pensarlo asestó un golpe seco en todo el centro: el coco se partió. Con los
dientes hizo un pequeño orificio a la bolsa y succionó con avidez el agua.
Del morral saco otra
bolsa en la que guardaba cigarrillos, encendió uno y empezó a fumarlo
desprevenido, mirando aquel atardecer de mar; llevaba el cigarrillo por la
mitad cuando se fijó en un punto negro que se movía en el agua, a unos veinte
metros de la playa; el punto se aproximaba y, ya más cerca, la forma se fue
aclarando: era un cuadrúmano simiesco que parecía un mono flaco sin pelos; iba
hasta un rancho, entraba y a poco volvía a salir. Lo que parecía un mono flaco
sin pelos, inquieto a Martín, que ya había consumido el cigarrillo; se levantó
y se acercó al rancho. Allí vio a una mujer negra sentada en la entrada, que
goleaba como en clave con luna vara sobre la arena o contra la puerta, y lo que
parecía de lejos un punto negro salía
con rapidez y subía a una palma, arriba
empujaba frenéticamente las ramas hasta tumbar algunos cocos; bajaba, los
recogía y los llevaba a los turistas, unos diez metros más allá; éstos gritaban
y aplaudían, y lo que parecía un mono o
chimpancé se metía al mar sin zambullirse, nadaba a manotazos, hacía cabriolas
y de nuevo retornaba a la playa
como un atleta continuaba su acción trepando a la palma que tenía las huellas de
los agarres repetidos en el subir y
bajar. La mujer negra gritaba algo y el mono o chimpancé o lo que fuera entraba
en la choza, los turistas le entregaban unos billetes; ella esperaba un poco
antes de volver a golpear con la vara.
Martín regreso por el
morral y caminó de nuevo hasta la choza. Al lado de la entrada, la mujer
permanecía sentada sobre una piedra, con las piernas abiertas: era una negra
abultada y sudorosa con los dientes podridos: llevaba una camisilla que dejaba
ver en su axila una espuma blanca. Se quedó mirando al joven con una cierta
indiferencia: era afable con los turistas que iban en grupo, porque le daban
más dinero, y el precio variaba según la pinta del turista. Aquello era una
romería para ver al mono, chimpancé o lo que fuera meterse al agua, hacer
cabriolas, trepar a la palma, tumbar los cocos, correr hasta la choza,
cuadrúmano.
La negra se murió una
mañana, recostada contra la choza y sentada con las piernas abiertas, parecía
dormida, hasta que su piel se fue poniendo verdosa y los moscos llegaron a su
boca. El mono, chimpancé o lo que fuera esperaba dentro el golpeteo de la vara
contra la puerta; como no lo oía,
comenzó a inquietarse y tímidamente asomaba su cabeza a la puerta, mirando a la
negra; salía corriendo unos metros, pero se devolvía al percatarse de que la
mujer no se había movido; a la tercera salida en falso se quedó afuera, y con
la vara de la negra hacía huecos en la arena; por momentos miraba a la mujer
esperando que le diera la orden; presintiendo que algo no iba bien, empezó a
emitir un chillido que parecía un lamento y a bañarse con arena.
Cinco personas
asistieron al funeral de la negra. El mono, chimpancé o lo que fuera llego a
Medellín. Para los que lo recogieron fue muy sencillo, porque era un ser
sumiso, absolutamente dócil. Los primeros días lo más complejo fue la ropa: le
ponían una sudadera de fibra sintética y una camisa de futbolista, minutos
después estaba desnudo; pasaron tres meses antes de acostumbrarlo al vestido.
Igual sucedía al dormir: lo abrigaban en la cama y al amanecer él estaba en el
piso, acostado sobre la cobija. Cuando le pusieron los primeros zapatos, que
eran tenis “pisa huevos” se quedó sentado todo el día como si lo hubieran
amarrado; si le ayudaban a pararse se colgaba de quien estuviera a su lado y
flexionaba las piernas; por la noche cuando se los quitaron se quedó mirándolos
sin parpadear hasta que lo acostaron. Los primeros pasos los dio apoyado en dos
personas; lo llevaron por el patio, él con sigilo y torpeza ponía cada pie
sobre el suelo; después de varios ejercicios caminaba solo, pero le temblaban
las piernas y trastabillaba haciendo los intentos.
Paso un año y el
mono, chimpancé o lo que fuera estaba en el salón de clases, siempre impasible,
sentado junto a otros niños, que se habían acostumbrado a él. En los recreos se
montaba en un columpio y se quedaba allí balanceándose despacio, con la mirada
perdida, calmado; sus ojos se iluminaban cuando otro chico le decía algo, pero
seguía ahí como sin querer que aquello cambiara.
Sabía leer y cuando la profesora narraba historias o leía cuentos, él se
hundía en esa voz, viajaba, alejándose de la realidad; sus ojos brillaban como
soles con cada historia.
Usaba otra ropa, no
le gustaban las sudaderas ni las pantalonetas, tampoco los tenis pisa huevos:
había descubierto los pantalones de
paño y ahora tenía tres, una camisa de manga larga y las zapatillas de
cuero. Con una rigurosidad casi religiosa cuidaba sus prendas, se había vuelto
meticuloso, ordenado; Adquirió tal porte que inspiraba respeto, por su
comportamiento parecía un gentleman.
Antes de irse del
salón miraba sus zapatos; en el pupitre guardaba un pedazo de dulce abrigo y
mientras los demás se precipitaban hacia la puerta de salida, él apoyaba su pie
sobre un cajón para brillar su calzado. Se iba satisfecho, salía erguido con
los ojos viendo al frente, mirando tranquilo hacia la calle, con un aire de
dignidad. Ahora ese mono o chimpancé era un hombre.
Gustavo Henao Alonso Chica
. Libro: "Historias en
agua y tierra" (Página 75)
***
Gustavo Alonso
Henao Chica nació el 19 de
diciembre de 1957, en Jericó - Antioquia - Colombia. Entrenador paralimpico Es
Licenciado en Educacion Especial por la Universidad de Antioquia; y
Especialista en literatura Producción de Textos e Hipertextos por la
Universidad Pontificia Bolivariana. Publicaciones: De la intimidad. Cuentos; Textos
para Afrodita Poemas; En busca del asombro. Teatro. Fragmentos alucinados.
Ensayos. Historias en agua y tierra. Relatos. Cuentos para leer en el
crepúsculo. Cuentos. Coloquios de adolescencia. Articulos. Libro de poesias Saudade...
Lançado em agosto/2021- Gustavo Henao Chica e Vanice Zimerman.
escritoresacademia1957@gmail.com